Llegan las fiestas… y con ellas, muchas veces, los dolores de estómago.

Llegan las fiestas…
y con ellas, muchas veces, los dolores de estómago.

Y casi siempre pensamos que fue la comida.
La lechuga.
El alcohol.
El exceso.

Pero a veces —muchas más de las que creemos—
no es eso lo que nos hace mal.

Es lo que callamos, lo que llevamos dentro,
cuando nos sentamos a esa mesa.

Porque las fiestas no son solo encuentros familiares.
También son espejos.

En una palabra que incomoda.
En un comentario que duele.
En un gesto que nos tensa.
En un silencio que pesa más de la cuenta.

Ahí, sin darnos cuenta, algo de nosotras se mueve.

Y no para juzgarnos.
No para culpar a nadie.
No para señalar lo que “está mal”.

Sino para invitarnos a mirarnos con un poco más de honestidad.

Tal vez no puedas cambiar a las personas.
Ni las historias compartidas.
Ni el clima de esa mesa.

Pero sí hay algo —mucho más grande— que siempre está en tus manos:
elegir quién querés ser vos en esa situación.

Cuando algo te moleste,
no lo empujes afuera.
No lo tapes.
No lo ignores

Llevalo hacia adentro.
Mirá qué se despierta en vos.
Qué emoción aparece.
Qué historia se activa.

Sin juicio.
Sin etiquetas.
Con amabilidad.

No se trata de condenar a nadie.

Se trata de hacer un cambio,
de elegir cómo querés sentirte.
Cómo querés responder sin reaccionar,
Desde qué lugar querés habitar ese momento.

Las fiestas pueden sentirse como una carga…
o pueden convertirse en una gran oportunidad de crecimiento personal

Una oportunidad para volver a vos.
Para escucharte.
Para elegirte y priorizarte.

Hay un libro precioso, «El hombre en busca de sentido», de Viktor Frankl que nos recuerda algo esencial:

“Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa:
la libertad de elegir su actitud ante cualquier circunstancia.”

Y tal vez…
ese sea el verdadero regalo de estas fiestas.

¡Felices Fiestas!

Silvia